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alcánzame, alcánzame esto, alcánzame lo otro, pero este niño desde que vino, siempre se despierta en las noches llorando asustado y se orina de miedo, al principio como no tenía mucha confianza con nosotros no decía nada, así son los del interior, son duros como una piedra, no hablan, nosotros lo tomamos como un trauma de niñez, pero la cosa se agravó, porque a la semana que llego a Lima nos enteramos que su primo, el camionero que lo había traído, se había desbarrancado y muerto junto con su ayudante, parece que se quedo dormido y se siguió de frente en una curva y el camión fue de narices, treinta metros mas abajo, pero la carga de papas que traía, aplasto la cabina matándolos en el acto. Eso empeoro su condición, pobre Paulino, así se llamaba el finadito, y justo esa semana antes de que ocurriera todo, lo vimos alegre y contento cuando vino con Sabino, ¿Cómo es? ¿No?, como despidiéndose.
—¿Y qué sueña? —preguntó al final de la historia mi tía...
—Su sueño lo he formado de retazos de lo poco que me ha contado y es bien feo, se sueña viajando en una cabina de camión, de noche, con la lluvia estrellándose en el vidrio, y de pronto cuatro manos con dedos deformes, aparecen arañando el parabrisas lluvioso como tratando de subir, como tratando de agarrado, no sé, luego lo de siempre, llanto y orines —la casera termina el relato abriendo mas los ojos y encogiendo los hombros sin saber que hacer.
—Lo que pasa es...