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a un tipo que tenía un collar de veinte zapatillas nuevas colgando de su hombro y ya se había cansado de empujarla desde avenida Abancay—. me dice el parroquiano, mientras el policía en la ventana recién se da cuenta sorprendido que la mancha en los pantalones, no es tierra.
—¡Carajo es sangre! ¡maldita sea es sangre! ¿qué pasa aquí?— Todos nos acercamos al policía para calmarlo.
—¡Que no suba Amira!, ¡dile que no suba!— Súbitamente Saída se ha sentado y grita en la cama
—Tranquilo, tranquilo, las estas perturbando, no hay que desesperarse, todo tiene explicación— me mira extrañado el policía y me hace un ademán, esperando una. Comprendo que debo ser cuidadoso, sino todo será en vano.
—Saída por favor recuéstate, nadie va ha subir, tranquila— Amira hace un esfuerzo supremo y se levanta a pesar que se siente caer y ayudada por el filo de la cama se dirige hacia la cabecera para tranquilizarla.
—Por favor quedemos en silencio un rato para que se tranquilicen— Les hablo en voz baja, y así lo hicimos, y mientras ellos esperan callados en la oscuridad, las balas también dejan de sonar y veo la pelota, que dando botes, por fin llega hasta el pie de la escalera.
—¡Hija baja... el almuerzo está servido!— se oye una voz de mujer que grita desde abajo.
—¿Cómo qué el almuerzo? si es de madrugada...