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Paytiño delegó casi todas sus funciones a Wilson, sólo algunas decisiones importantes; castigos y cuentas verbales, además de cuidar y dar de comer a sus aves, que siempre le avisaron si alguna serpiente se acercaba, fueron sus ocupaciones. Así esperó el cambio de temporada de lluvias en su palafito; prefería estar solo por largos periodos, y fijaba su vista en algún punto, mientras una y otra vez acariciaba su barba con un gesto adusto, dando inicio a unos extraños soliloquios. Cuando no llovía en el día, lo encontraban caminando en la arena a la orilla del río, donde las niñas recolectaban el agua. Ya no miraba a los ojos con sus espesas cejas, y respondía con la vista puesta en el horizonte —rodeado de gallinas, que buscaban afanosas algún gusano— sujetando una varilla larga en la mano. En las noches de aguacero, más de uno lo vio como se encerraba en su pieza, con un cuero de otorongo extendido sobre su mesa; sentado a la luz de un oscilante candil de estiércol que chisporroteaba y salpicaba, haciendo tiritar su sombra.

A la semana de su retorno, se oyeron rumores de que Paytiño hablaba dormido en su pieza. Los negros de Barbados conocían la terciana, los síntomas y la posibilidad de un contagio; luego dijeron que eran quejidos, y por último cuando habían truenos, decían que se sujetaba fuerte su hamaca y con profusos sudores, gritaba y temblaba, para luego tener un despertar violento.