Paytiño
todos los tamaños, apiladas en desorden contra la pared, concluyó que aún estas no terminaban de acomodarse. Terminó de fumar su torcido cigarro Inca examinando una mesita de noche vacía, que habló poco de su anterior dueño, y a su costado, utensilios de cocina sobre una tarima verde, que reposaban esperando ser embaladas algún día, con las sogas y hojas de bijao de aroma inconfundible, que yacían en un rincón; al frente otra tarima con sabanas limpias y el velo para los mosquitos. Cuando salió de la habitación —mientras caminaba— hacia la otra ala de la casona, Macperson acarició con la palma de su mano, los azulejos de la pared del salón principal, que refrescaban el ambiente y, en un placentero silencio, sintió un renovado hormigueo en su escroto, como si estuviese tocando el suave culo de Maruja. En ese momento decidió mudarse de cuarto... esa misma noche.
La oscuridad creció en los rincones, así que Macperson caminó hacia el zaguán, para accionar el interruptor en la pared, sobre los costales de ollas, que controlaba el foco del zaguán e iluminaba los corredores y el patio central. Las habitaciones sólo tenían mecheros para su iluminación. Luego se retiró a su cuarto para vestirse y llevar sus cosas a la pieza del solitario dueño, a pasar noche.
Se vistió con algo ligero, tomó su alforja donde guardó su ropa limpia, luego depositó en un costal lo sucio, pero al recoger las llaves y demás objetos del velador, se dio con la sorpresa que aún había un torcido cigarro Inca, junto a la lata de natillas de Maruja. Tomó asiento en el camastro y pensó que tal vez Maruja olvidó uno junto con...