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IV

En el atardecer, el sol rojizo de verano, pinta de costado las paredes de los edificios que llevan número impar, destacando aún más el polvo, rajaduras y antigüedad del jirón Jaime Bausate y Meza. Abajo en su vereda, una mujer trigueña de cabellos negros sujetos con bincha roja, se despide de sus compañeras dando por terminada su jornada de trabajo. Todo el día ha tenido una idea dando vueltas en la cabeza, madurando, así que entra en su habitual restaurante de tercera, rodeado de espejos y sembrado de aserrín con techo salpicado, del cual pende un grasiento ventilador que bate el aire tibio, revisa con la vista para tomar distancia de unos comensales y rollizos camioneros que toman sus cervezas alegremente en una esquina al fondo, pide al entrar una Inca Kola al mozo, para calmar su sed y ordenar sus pensamientos. De rostro recargado de pintura al rojo y negro, recibe la bebida para luego, entre sorbo y sorbo, meditar fijando un punto en la nada, tratando así de recrear mentalmente lo que le han contado, pero el estallar de la risas de los camioneros la devuelven a su Inca Kola, saca entonces de su bolsa un par de zapatos de diario, que definitivamente desentonan con todo, al doblarse para ponérselos, los espejos del restaurante...