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en la cabeza un costal, con olor a kerosene, sólo sentían los golpes en mi estomago y mis hombros que se iban a romper, oía las voces de sus quejidos por la fuerza con que me golpeaban, como si fuese un saco de arena. Sin aire me desmayé, creo yo, más de cuatro veces, pero nunca dije nada, querían saber donde tenía oculto mi dinero, seguramente para repartírselo, porque ya tenían los dólares falsos, y todas las máquinas, pero no dije nada, creo que se asustaron porque pensaron que me había muerto, así que me bajaban para examinarme, y ver si seguía con vida, luego continuaban. Me comí así toda la madrugada, terminando, tirado en el suelo, adolorido hasta el extremo de no poderme quejar, defecado y apestando a orines. Cuando pude reponerme, mis quejidos les fastidiaban, ellos ya estaban --trabajando-- con el contacto de la selva que también había caído, así que me cargaron hacia mi celda como si estuviera muerto, era ya de madrugada y pude verlo a la cara, le reconocí la voz cansada de tanto golpearme, era en ese entonces... el capitán Bellido.
A eso le siguieron cinco pepas (años) más muerto que vivo en el penal de Lurigancho. Ahora, siempre que lo veo, al coronel Bellido, le digo padrino, porque fue él... quien me bautizó.
Acomodo el papel en su sitio, bajo el vidrio, es un pedazo de mi vida, que quiso ser un billete de veinte dólares. Espero a que sea medio día, a que llegue mi padrino, mientras tanto, hay que seguir trabajando, el tiempo es oro.