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con la melancolía de saber que era el último, visitando los lugares más queridos como despedida.
En la primera foto, la que está al filo del platillo, dos hermosas mujeres posan en traje de luces, collares y plumas, juntan sus rostros felices, y le sonríen a lo que parecen estrellas fugaces, que pasan indiferentes por el cielo roto de la ventana —sólo así las imagino—. La mujer a la izquierda, de ojos claros, es Amira Flores, está ahora a sólo cuatro pasos a tientas, más allá, en la espesa negrura, donde sólo se puede ver de memoria, es una anciana y está ciega, sentada en la única silla de la pieza, ubicada al pie de la cama, palpa con su tibia mano el filo del catre y la punta del bulto que cubre la frazada. La mujer en la foto, a la derecha, con un pícaro lunar en la mejilla, convertido en verruga, es su hermana, Saída Flores, está en cama y al parecer agoniza inmóvil bajo la frazada. Desterradas en el olvido de sus parientes europeos, al huir de La Guerra Civil Española, fue la fortuna quien las trajo y las abandonó aquí.
Con pómulos salientes y frente amplia, la segunda foto lleva un nombre escrito en diagonal y sostiene un cigarro entre sus dedos, cerca del mentón y, mira tranquilo al vacío donde me encuentro deseando oler uno; pero ya no hay humo en el cuarto, y por el vidrio, veo rodar una pelota en el patio, el trance feliz había terminado y ambas esperaban en silencio...