El desván
Algo de la noche que brillaba en el cielo, se había descolgado por el vidrio roto de la ventana, iluminando en la taza, su gastado borde dorado y, apenas prestaba luz a su entorno. La taza Pickman, de La Cartuja de Sevilla —como siempre repetían— era una reliquia de vidas paganas y boleto seguro a mejores momentos. Para realizar dicho trance, las hermanas Flores practicaban el rito con unos pocos detalles: La migaja hinchada en el platillo, resto de un "croissant" imaginario; la colilla de cigarrillo Inca, torcida en el fondo de la taza, que se inmolaba tratando de suplantar a un fuerte "Gauloises"; la oscuridad, que hacia su parte, tragándose casi todo, levantando el techo y agrandando el espacio; la conversación intrascendente, que amueblaba de recuerdos, iluminando de anécdotas las cuatro paredes; y por último un par de fotos antiguas. Era así como abandonaban en la oscuridad, el hediondo cuchitril, armado de cartones húmedos y madera de embalaje, que brotó de la necesidad, al que se subía por una enclenque escalera en la azotea de la antiquísima quinta en Barrios Altos de Lima, hacia su iluminada habitación del cuarto piso, en el 21 de la Rue Beaumont, en Marsella, 30 años atrás. Habían empezado así el viaje...