Interior "L"     Julio Ramón Ribeyro

lo único que le quedaba de su breve familia. Su mujer hacía más de un año que muriera víctima de la tuberculosis. Esta enfermedad parecía ser una tara familiar, pues su hijo que trabajaba de albañil, falleció de lo mismo algún tiempo después.

—¡Le ha caído un ladrillo en la espalda! ¡Ha sido sólo un ladrillo! —recordó que argumentaba ante el dueño del callejón, quien había acudido muy alarmado a su propiedad al enterarse que en ella había un tísico.

—¿Y esa tos?, ¿y ese color?

—¡Le juro que ha sido sólo un ladrillo! Ya todo pasará.

No hubo de esperar mucho tiempo. A la semana el pequeño albañil se ahogaba en su propia sangre.

—Debió ser un ladrillo muy grande —comentó el propietario cuando se enteró del fallecimiento.

—Paulina me sirves otro poco?

Paulina se volvió. Era una cholita de quince años baja para su edad, redonda, prieta, con los ojos rasgados y vivos y la nariz aplastada. No se parecía en nada a su madre, la cual era más bien delgada como un palo de tejer.

—Paulina, estoy cansado. Hoy he cosido dos colchones —suspiró el colchonero, dejando el jarro en el suelo para extenderse a lo largo de todo el catre. Y como Paulina no contestara y dejara tan sólo escuchar el rasgueo de la pluma sobre el papel, no insistió. Su mirada fue deslizándose por el techo de madera hasta descubrir un tragaluz donde faltaba un vidrio. "Sería necesario comprar uno", pensó y súbitamente se acordó de Domingo. Se extraño que ese...