Interior "L" Julio Ramón Ribeyro
fruncimiento de la nariz—. Estará usted peleando durante dos o tres años en el curso de los cuales no recibirá un cobre y mientras tanto la chica puede necesitar algo. De modo que lo mejor es que usted acepte esto... —y se llevó la mano a la cartera.
Su dignidad de padre ofendido hizo explosión entonces. Algunas frases sueltas replicaron en sus oídos "¿Cómo cree que voy a hacer eso?", "¡Lárguese con su dinero!", "...el juez se entenderá con ustedes!". ¿Para qué tanto ruido si al final de todo iba a aceptar?
—Ya sabe usted —advirtió el ingeniero antes de retirarse—. Aquí queda el dinero, pero no meta al juez en el asunto.
Paulina entró con la cerveza.
—Destápala —ordenó él.
Aquella vez Paulina también llegó con la cerveza pero, cosa extraña, hubo de servirle al ingeniero y a su violador. Ella también bebió un dedito y los cuatro brindaron por "el acuerdo".
—¿No quieres un poco? —preguntó el colchonero.
Paulina se sirvió en silencio y entregó la botella a su padre.
Por el hueco del vidrio seguía brillando la estrella. Entonces, también brillaba la estrella, pero sobre la mesa ahora desolada, había un alto de billetes.
—¡Cuánto dinero! —había exclamado Paulina cayendo sobre el colchón.
Mucho dinero había sido, en efecto...