Lindbergh Ivan Thays
Roosvelt lo llamó The nazi pet. No parecía un error. Lindbergh había recibido una medalla de manos de Hitler en 1938, apenas unos años antes de la guerra mundial. Y cuando la guerra estalló, Lindbergh se opuso a que Estados Unidos ataque a Alemania con la excusa de que esos líos eran de política interna. Pero lo más contundente era el lenguaje de los escritos que publicó ese año. Usaba palabras como raza aria, virilidad, superioridad, disciplina, con la misma convicción con que Hitler las utilizaba. Incluso publicó en un Reader Digest de 1939 un artículo titulado “Aviación, geografía y raza”. Escribí varias fórmulas: lindbergh +FBI, lindbergh +nazi, lindbergh +war. También escribí el nombre de cada uno de los probables asesinos. Y de pronto, en algunas de las búsquedas, la pantalla me reveló las fotografías del cadáver del bebé Lindbergh.
Entonces entendí todo. Entendí quién era el sujeto que cruzó el Atlántico, quiso ser presidente, se dejó seducir por el nazismo, y luego viajó por todo el mundo en misión filantrópica. Y quién era aquel otro: el héroe que voló solo sobre un Atlántico enfurecido, sacando la mitad de su cuerpo por la parte superior de un avión inestable para no corregir su ruta. Y sobre quién era el otro héroe, Junior, atrapado en medio de quién sabe qué viaje más largo y definitivo que el de su padre, un bebé de veinte meses al que habían dejado solo y sin posibilidad de verificar el rumbo en medio de las nubes, un héroe cuyo corto viaje terminó en un basural con el cráneo roto y las extremidades probablemente devoradas por un fox terrier engreído o un perro salvaje o un demente que pensó que los brazos del hijo...