Lindbergh     Ivan Thays

dicen que, en cualquier caso, Hauptmann no lo hizo solo, que era solo una pieza de recambio, un fusible, en una maquinaria echada a andar para advertir a Lindbergh que cruzar el Atlántico por primera vez era algo que difícilmente podía ser olvidado por sus enemigos.

Lucía volvió a llamar. Le conté todo lo que sabía de Lindbergh. Ella escuchó todo en un silencio que podría calificarse de estoico. Luego me preguntó si había alguna novedad sobre Paulo. Le dije que no. Me dijo que me amaba. Habíamos hecho el amor un par de veces en su hotel y en un viaje de promoción del programa, pero eso no era amor. De eso estaba seguro. Me preguntó si la había oído. No es el momento, le contesté. Yo creo que es el mejor momento, insistió. Tengo que colgarte, lo lamento. Está bien, me dijo y luego agregó: ¿puedes explicarme qué chifladura es todo eso de Lindbergh?

Me pasé el resto de la tarde imprimiendo fotografías del bebé Lindbergh. Coloqué una de esas fotos al lado de una de Paulo. El hijo de Lindbergh aparecía sentado en una silla de niño, cogiendo un cubo de playa. Paulo aparecía en la suya sentado sobre la espalda de un superman de plástico en un lugar de juegos infantiles en las Bahamas. A su lado aparecía el brazo dorado de Graciela. También había impreso una carátula de Time, Número 18, Volumen XIX, en la que aparecía un dibujo a carboncillo del hijo de Lindbergh. Pensaba reproducirlo en mayor escala y mandarlo a enmarcar para mi estudio. Un souvenir dramático para mi nueva vida. Últimamente mi programa se había ido a...