El sauce coro

le oí decir como aquella mañana... ¡Jinanti kicha-no-chin qatekil!. Esto lo hizo tres o cuatro veces y siempre se oía lamentos y quejidos. Hasta que respondió... Sólo Aurelio Rodríguez entendió el porqué, luego el difunto, como si hubiera dado un paso hacia atrás, desapareció en la hendidura... Yo mujer de ciencia que egresé de la primera promoción de Medicina Humana que incluía mujeres y criada en la fe cristiana, estaba muda.

—Doctorcita, vamos al río.

No necesitó decirlo dos veces. Caminamos a paso ligero, rodeamos los campos y llegamos por fin al cauce. Ya la luna en cuarto creciente nos esperaba. Aurelio Rodríguez sabía lo que quería.

—¿Qué buscamos? —me atreví a preguntar.

—El sauce coro. —respondió sin dejar de mirar hacia arriba.

Pasamos varios árboles que acompañaban a orillas del río. Él levantaba la vista y trataba de reconocer cual era.

—Doctorcita apunte hacia arriba. —movía la cabeza y forzaba la vista mientras revisaba la copa de los árboles.

—Vamos rápido Doctorcita. —Ya casi corría y no lo podía alcanzar.

—¿Qué es coro? —me animé a preguntar para poder ayudar. Pero los hombres son iguales aquí y la China, llegados a cierta edad, están convencidos que son superiores.

Murmuró unas palabras en su dialecto y luego agregó.

—Es un árbol con pocas hojas, casi pelado.

No recuerdo cuantos árboles vimos, hasta...