El sauce coro

de chismes sobre lo que yo hacía dentro y de cuando salía de la habitación. A esa hora entró por la plaza Aurelio Rodríguez, jalando sus mulas y caballo. Pronto notó el cambio de ritmo en el pueblo y se dirigió a donde todos iban, la casa de Faustino... Ya en ella lo pusieron al tanto de todo lo sucedido en la quincena. Él, callado escuchó todas las versiones y se decidió a entrar.

Cuando vio a Faustino, la angustia de la beatita Dolores, mi cara de preocupación y mis panes remojados en vinagre, sabia que era lo que se venía, así que salió, cogió a pajarito de los antebrazos, lo sentó en la silla y sin soltarlo, le dijo:

—Pajarito tienes que llevarme...

Pajarito, bañado en lagrimas, sólo movió la cara en señal de negación.

Aurelio Rodríguez se acercó tanto, que podía oler los orines que salían del pantalón, y concentró su mirada en los ojos de pajarito.

—Pajarito, si no me llevas a donde lo vieron, Faustino se muere esta noche... y en quince días... viene para llevarte...

Pajarito lo pensó por un momento y sólo pudo asentir con la cabeza.

Aurelio Rodríguez salió de la casa a paso ligero y fue hacia los corrales, de allí regresó con la brida y las riendas en sus hombros y en la mano una lámpara de viajero. Entró en la habitación y me dijo:

—Doctorcita el remedio no está aquí— entregándome la lámpara.