El Sauce coro

fervorosa madre; porque el apellido de su padre le fue negado desde el Vaticano. Era el hijo del cura... Marcado desde pequeño, siempre recibió la bendición de su madre, incluso la madrugada en que ella murió.

Cuando llegó a viejo, vivía solo, y era camaronero. Se dedicaba a extraer ese exquisito crustáceo del río que serpentea entre los Andes. Estábamos en el circulo de fuego, tierra de volcanes con terremotos, y por la madrugada, había ocurrido uno.

Por mi parte diré que llegaba sacudida por el destino esa mañana. Mi criada y su marido montaron en un susto espantoso por el sismo y ella —siempre desconfiada— me pidió que nos quedáramos por unos días hasta que los caminos que trepan los Andes fueran más seguros y dejaran de soltar piedras. A lo que accedí por su estado grávido... Íbamos camino a mi terruño, para ejercer mi reciente profesión.

Luego de las presentaciones de recién llegada que buscaba hospedaje y al natural respeto y afecto que se brinda en la provincia a los profesionales que venían de la capital, ligero acuñaron un cariñoso apodo. Sería por la delgadez de mi experiencia o por mi sombrero Borsalino que me acompañaba o por mis manos tan suaves, como potito de recién nacida... lo cierto es que por mi ropa y mi estampa, no hacía juego con nada, sólo con mi apodo... "Doctorcita".

El pueblo se encontraba en una tarea poco común, reconstruir con los mismos adobes, las paredes agrietadas y caídas, casi todas las casas mostraban alguna rajadura y los niños —a quienes, el invento de los zapatos...