Veinte céntimos
su tierno andamiaje, hasta llegar a un palmo de la esquina y levanta su mano con esfuerzo, señal inequívoca para un servicio de taxi.
—Buenos días joven, al campo de Marte ¿cuánto me cobra? —pregunta con una inocencia que me desarma.
Luego de aceptar una cantidad simbólica para llevarla, la ayudo a subir. Al sentarse, me llama la atención sus afiladas canillas que cuelgan de su abrigo y se introducen en las chorreadas medias, que asumo, usa de su marido —mi abuela era así—. Con una sonrisa la acomodo y creo ver en ella... pero sería un milagro... y justo antes de que termine de cuajar el sentimiento, ella lee mis ojos, y con una sonrisa coqueta me sorprende.
—¿Crees que es un milagro?
—Que ocurrencia señora, ¡qué dice!.
Avergonzado, como si hubiera vistos desnudos mis pensamientos, los cubro cerrando la puerta y me pongo al volante algo turbado. Enciendo la radio, y sintonizo RPP, para oír las noticias de la mañana, así me pongo al tanto de los posibles embotellamientos. Ya mi jornada de trabajo está por terminar, sólo me falta un último pasajero, un padre, creo.
—Desde la ruta RPP informa: Tráfico fluido en la vía expresa, aún no se presenta congestión en los puentes transversales de México e Isabel la Católica, seguiremos informando.
Efectivamente, cruzo el puente de México con dirección al Campo de Marte, sin problemas, sólo un grupo de músicos vernáculares llama mi atención. Dentro de...