Veinte céntimos
tráfico me atrape. Es un buen cliente, siempre me llama al celular para pedirme con anticipación un servicio. Le digo padre, aunque no me atrevo a preguntar por el nombre de su secta, creo que él la ha fundado. —debe ser algo así como el sueño de la casa propia—. Recuerdo el primer servicio que le hice, desde el aeropuerto hasta Villa María, aunque fue de madrugada, viajamos más de una hora. Tuvimos el tiempo necesario —él de hablar y yo de escuchar y asentir— para muchos temas, todos relacionados con la Biblia, todos nuevos para mí. Desde su particular interpretación del "Tetragrámaton", hasta su distanciamiento con los seguidores de Ezequiel Ataucusi, secta a la que perteneció y a la que fue invitado a dejar por sus claras divergencias sobre los libros canónicos. Fue la primera vez que oí "El Padre Nuestro" en arameo, lengua nativa de Jesús. Para él, hondo conocedor —podía recitar los versículos como si él los hubiera escrito— la fe, es esencial. En cambio yo...
—Bueno, esos vellos en la cara que le están creciendo puede ser debido a las dosis de corticoides, era de esperarse —escucho con resignación al tercer médico que me tocó en turno en la posta.
—Tiene que tener fe en la medicina moderna, le vamos ha hacer más pruebas y seguro que damos con su mal —de trato impersonal, el joven médico me alcanza una receta para otros calmantes.
—Fe hijo, fe en que las cosas van a cambiar. —Volteo sorprendido, sintiendo que fisgonea mis pensamientos como quien lee el periódico del vecino; pero la veo...