Veinte céntimos

—¿Listos? —pregunto a todos antes de iniciar la marcha.

Al sentarse me mira fijo, algo extrañado —¿te noto raro? ¿será que has ido a la playa?

—No, ni por asomo.

—Te veo más plomo.

—¿Le parece? —y miro de reojo al padre que lleva sobre el regazo su Biblia de cubierta gastada y una wincha métrica, de esas que usan los topógrafos para medir terrenos.

Saca una hoja doblada de la Biblia de cubierta gastada y me la alcanza —¿puedes llevarnos a este lugar? —la abre y me enseña un plano que ha sido milimétricamente trabajado. La marca me indica el destino.

—¿Y qué va ha hacer allá?

—Voy a Bautizar a mi primogénito —responde con firmeza y los ojos le brillan más.

—¿Pero allí? ¿está seguro?

—Completamente, está escrito —dando unas palmaditas a la Biblia de cubierta gastada —¿por qué? ¿no es un río? —retruca mi pregunta.

Lo miro y volteo para felicitarlos, pero me percato que el pequeño está cantando bajito, un himno que yo solía cantar, allá en la selva cuando era un niño, mientras la pandereta descansa en el regazo, así que enciendo el carro y apago la radio.

—Ojalá que podamos estacionarnos.

—"Y el Señor dijo: Si tuvierais una fe tan grande como un grano de mostaza y dijerais a este..."