Veinte céntimos

En Lima, en este invierno, cuando unos pocos dirían que aún es de noche, y la densa neblina, no se estira ni levanta y se acurruca de frío en los faroles, a la salida de callejones y zaguanes. A esta hora, cuando dormita su mala noche, llega el dolor, y me pasa la voz, punzando mis muñecas con vigor antes de instalarse en mi cuerpo, recordándome que ya debo de santiguarme con mi pastilla.

¿Qué tendré? Ni los médicos lo saben.

Los párpados se me caen, me persigno y la tomo...

—Los síntomas son por el estrés. —sentenciaba sin lugar a dudas el primer galeno.

—Será mejor que tome las cosas con calma, evite el tráfico y trabaje de madrugada. —Me decía al entregarme la receta.

Abro los ojos y, entre las oxidadas rejas de un viejo zaguán, una frágil anciana se deja ver. Asoma del gorro apelmazado su alambrado pelo cenizo, y carga una pequeña joroba a donde quiera que vaya, de hombros y brazos enjutos; debido a una deformación en las articulaciones, lleva su dolencia con la gracia y fragilidad de una mantis religiosa.

Arrastra sus papuchas de felpa, mudando...